Sunday, January 21, 2018
capitulo 3
Estaba tan afectada que ni siquiera supo a dónde estaba yendo. Cande estaba
muerta. Todavía no lo podía aceptar. Sus padres habían muerto en un accidente
cuando ella tenía diecisiete años. No habían dejado nada de dinero y Cande sólo
tenía once años.
-Cuida a Cande- le había dicho su madre repetidas veces cuando estaba en
Cuidados Intensivos. Gimena seguía preocupándose por su hija pequeña
cuando murió. Lali dejó de estudiar y se concentró en las necesidades de su hermana. Había
convencido a la prima de su padre, Gina, para que las dejara vivir con ella. Con
Gina apoyándola, las autoridades la habían dejado quedarse con su hermana. Lali entró a trabajar de camarera. Y todos los días volvía a casa para hacer la
comida y limpiar, ya que Gina la tenía como una ayuda doméstica gratis y,
además, se quedaba con casi todo lo que ganaba.
Tan pronto como cumplió los dieciocho, Lali encontró otro sitio para vivir e hizo
todo lo que pudo darle a Cande un hogar seguro y lleno de cariño.
Había hecho de su hermana pequeña su prioridad número uno. Y Cande se lo
mereció. Una chica preciosa con todo el aspecto de una castana californiana. Y muy
inteligente. No le había resultado fácil hacer que su extrovertida y vital hermana
siguiera estudiando para abrirse camino en el mundo.
Pero lo había conseguido. Cande había entrado en la universidad para estudiar
idiomas; Lali se sintió tan orgullosa como lo habría estado cualquier madre.
Había aceptado otro trabajo a tiempo parcial por las noches para que a Cande no le
faltara el dinero. Y todo había ida bien hasta que Pablo Lanzani entró en la vida
de su hermana...
-¡He encontrado al auténtico griego fabuloso!- le dijo en su momento Cande por
teléfono-. Es increíblemente guapo y rico. Y está loco por mí.
-Parece demasiado bueno como para ser verdad- le dijo Lali un poco extrañada.
Los novios de Cande aparecían y desaparecían sin que, normalmente mostrara
tanto entusiasmo por ellos.
-Lo llevaré para que lo conozcas tan pronto como pueda- le había prometido su
hermana;
Pero pasaron semanas antes de que Lali conociera por fin a Pablo. Tenía
veinticinco años, aspecto infantil y era muy guapo. Sus brillantes ojos verdes seguían a Cande por todas partes y le habló a Lali más como si fuera la madre
de Cande que su hermana mayor, con mucha cortesía y deferencia. Para cuando
terminó la visita, Lali se sentía como una matrona de mediana edad. De unos
cincuenta años, por lo menos. Pablo insistió en que sus intenciones eran serias.
Tomó la mano de Cande y dijo:
-Amo mucho a tu hermana y quiero casarme con ella.
Detrás de la sonrisa educada que le dedicó, Lali se quedó anonadada.
Consideraba a Cande demasiado joven para semejante compromiso. Le preocupó
que pudiera abandonar sus estudios o que dejara que el amor se interpusiera en
su trabajo. Pero Lali siempre fue demasiado sensible como para dejar que esos
sentimientos fueran evidentes. Sabía muy bien que, a la más mínima oposición
por su parte, Cande se transformaría en una rebelde.
Su hermana era bastante terca y decidida. Sabía que sólo lograría algo a base de
tacto y diplomacia.
capitulo 2
-¿Qué está haciendo usted aquí?
-Usted me dejó un mensaje urgente con mi secretaria- le recordó ese hombre.
-Cande me hizo llamarlo, pero yo no le pedí que viniera, señor Lanzani. Pregunté
por su hermano.
-Pablo está en Grecia. Peter la miró con unos ojos tan verdes .
-Ya le he informado de la muerte de su hermana. Estaba profundamente afectado.
Una risa histérica se le escapó a Lali.
-¿De verdad?
-Me gustaría ver a mi sobrino- dijo Peter ignorando su respuesta con toda frialdad.
-¡No! Lali se tensó como si fuera a sufrir una agresión. Odiaba a Peter más
que a cualquier otro hombre vivo.
-Su derecho no es mayor que el mío...
-¿Derecho?- gritó Lali-. ¿Se atreve a hablar de derechos después de lo que le
hizo a Cande? ¡Usted no tiene ningún derecho sobre el hijo de mi hermana! ¡Me
pone enferma!
-Está afectada- le dijo Peter con una calma aparente, pero ella no se
dejó engañar. Se le había hinchado una vena de la frente y su boca se había
transformado en una línea pálida.
La gente no le hablaba a Peter en ese tono. Era fabulosamente rico y
terriblemente poderoso. Su palabra era ley y su familia hacía exactamente lo que
él decía. Nunca esperaba ninguna clase de oposición a sus deseos. Los medios
de comunicación habían publicado algunas historias tenebrosas sobre lo que les
pasaba a aquellos lo suficientemente locos cómo para enfrentarse a él en los
negocios. Pero Lali no le tenía miedo. Daría veinte años de su vida con tal de
tener el poder de hacerle daño a Peter como él se lo había hecho a su
hermana.
-Usted la mató... la mató con su incomprensión. ¡Espero que ahora esté
satisfecho!
-Señorita Esposito...
Una fuerte mano la agarró por la muñeca cuando ella trató de pasar a su lado.
-¡Suélteme, animal!- susurró Lali, entre dientes.
-Si no fuera porque comprendo muy bien su pena, podría exigirle una disculpa. Peter la miró desde lo alto de su metro ochenta y continuó:
-Pero resulta que este no es el lugar más apropiado para una confrontación como
esta. ¡Mantenga la compostura antes de que pierda la paciencia! Lali tembló como si la hubiera atrapado un huracán. La furia se apoderó de ella
y levantó la mano que le quedaba libre para darle en esa cara blanca y arrogante
con todas sus fuerzas. Él la soltó sorprendido cuando la mano le dio de lleno en la
mejilla. Lali retrocedió y le dijo:
-¡No vuelva a atreverse a tocarme!
Se sintió sorprendida por semejante arrebato de violencia. Nunca antes le había
pegado a nadie; ni de niña.
Por un momento, los ojos de él parecieron incandescentes e incrédulos. Luego
ella apartó la mirada y empezó a andar por el corredor y hacia la puerta del
hospital.
Unidos por el Odio
Lali se quedó más quieta que una estatua delante del ventanal. Sus grandes
ojos color cafe le quemaban. Cada músculo de su cuerpo estaba rígido por
la tensión. Sólo la más feroz autodisciplina contenía su agotamiento. Había sido
una larga noche y un amanecer devastador. Y, cada minuto de la misma, cada
una de esas horas, estaba fija en su alma. La enfermera le mostró entonces a su
sobrino con una amplia sonrisa.
Probablemente esa mujer no supiera nada, pensó Lali. La miró con sus finos
rasgos transformados en una máscara. La enfermera dejó de sonreír, pero ella no
se dio cuenta. Su atención estaba centrada en su sobrino. Tenía el cabello negro y
unos furiosos ojos también verdes.
No había nada de Candela en él. Era completamente blanco mediterráneo y sus
antecedentes extranjeros aparecían claramente. Estaba llorando: parecía tan
infeliz. Se preguntó si, por algún sentido desconocido, no sabría que su madre
estaba muerta. Muerta. No quiso saber nada de esa palabra y empezó a andar por
el corredor con unas piernas que apenas la sujetaban.
Las mujeres no mueren de parto en estos días. O, por lo menos, eso había creído.
Y Candela nunca había sido una mujer en opinión de su hermana. Con dieciocho
años, Cande estaba en la frontera que separaba a las niñas de las mujeres adultas.
Una chica castana con belleza, inteligencia y todo lo necesario para la vida... hasta
que apareció en ella Pablo Lanzani y la hizo desperdiciarla. Una inmensa
amargura se apoderó de Lali. La emoción fue tan intensa que la dejó
literalmente helada.
-Señorita Esposito\...
El sonido de esa voz la hizo pararse en seco. Esa voz oscura y con acento la cortó
como si fuera una navaja. Se estremeció y levantó la cabeza lentamente. Él
estaba a algunos pasos de distancia. Era un hombre que difícilmente podía pasar
inadvertido. Debía medir por lo menos un metro ochenta. Su magníficamente caro
traje gris oscuro destacaba sus anchos y musculosos hombros y largas y esbeltas
piernas. Tenía la gracia letal de un animal salvaje y la autoridad intimidante de un
hombre acostumbrado a mandar. Lali lo miró incrédula cuando él extendió su blanca mano. Los largos dedos
eran hermosos.
-Por favor, permítame que le ofrezca mis más sinceras condolencias por la trágica
muerte de su hermana- murmuró él. Lali retrocedió un paso rápidamente ante esa amenaza de entrar en contacto
con él.
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