Sunday, January 21, 2018
Unidos por el Odio
Lali se quedó más quieta que una estatua delante del ventanal. Sus grandes
ojos color cafe le quemaban. Cada músculo de su cuerpo estaba rígido por
la tensión. Sólo la más feroz autodisciplina contenía su agotamiento. Había sido
una larga noche y un amanecer devastador. Y, cada minuto de la misma, cada
una de esas horas, estaba fija en su alma. La enfermera le mostró entonces a su
sobrino con una amplia sonrisa.
Probablemente esa mujer no supiera nada, pensó Lali. La miró con sus finos
rasgos transformados en una máscara. La enfermera dejó de sonreír, pero ella no
se dio cuenta. Su atención estaba centrada en su sobrino. Tenía el cabello negro y
unos furiosos ojos también verdes.
No había nada de Candela en él. Era completamente blanco mediterráneo y sus
antecedentes extranjeros aparecían claramente. Estaba llorando: parecía tan
infeliz. Se preguntó si, por algún sentido desconocido, no sabría que su madre
estaba muerta. Muerta. No quiso saber nada de esa palabra y empezó a andar por
el corredor con unas piernas que apenas la sujetaban.
Las mujeres no mueren de parto en estos días. O, por lo menos, eso había creído.
Y Candela nunca había sido una mujer en opinión de su hermana. Con dieciocho
años, Cande estaba en la frontera que separaba a las niñas de las mujeres adultas.
Una chica castana con belleza, inteligencia y todo lo necesario para la vida... hasta
que apareció en ella Pablo Lanzani y la hizo desperdiciarla. Una inmensa
amargura se apoderó de Lali. La emoción fue tan intensa que la dejó
literalmente helada.
-Señorita Esposito\...
El sonido de esa voz la hizo pararse en seco. Esa voz oscura y con acento la cortó
como si fuera una navaja. Se estremeció y levantó la cabeza lentamente. Él
estaba a algunos pasos de distancia. Era un hombre que difícilmente podía pasar
inadvertido. Debía medir por lo menos un metro ochenta. Su magníficamente caro
traje gris oscuro destacaba sus anchos y musculosos hombros y largas y esbeltas
piernas. Tenía la gracia letal de un animal salvaje y la autoridad intimidante de un
hombre acostumbrado a mandar. Lali lo miró incrédula cuando él extendió su blanca mano. Los largos dedos
eran hermosos.
-Por favor, permítame que le ofrezca mis más sinceras condolencias por la trágica
muerte de su hermana- murmuró él. Lali retrocedió un paso rápidamente ante esa amenaza de entrar en contacto
con él.
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